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viernes, 17 de diciembre de 2010

Un Pessoa bajo la almohada

El amigo Fandestéphane nos presenta, en su Acompanya'm, si vols..., un suculento recorrido a través de la filmografía de Stéphane Audran, su particular musa inspiradora, y lo adereza, además, con emotivos versos, buena música y un punto de nostalgia y humor muy característico en su persona. Desde allí nos llega la siguiente carta.


Mi apreciado amigo Kine:

Mucho le agradezco su invitación de poder publicar una entrada en su distinguido blog. En primer lugar, quiero decirle que nunca veía el momento adecuado para publicar esta entrada sobre Pessoa en mi blog, y eso, a pesar de que siento por él una gran admiración y de que hace casi un año que la tengo en espera. Ya sabe que han sido constantes la inclusión de sus poemas en algunos comentarios míos, pero eso no era suficiente y siempre pensaba que estaba en deuda con él. Y creo sinceramente, que aquí estará bien protegida y resguardada de mis defectos mentales y manías, y también de correr el riesgo de no ver la luz, pues mi blog tiene fecha de caducidad, no en la indicación del tiempo en que ocurrirá, sino en el lugar, concretamente en el "y 84" y usted ya me entiende...

Aparte de eso, conozco ya suficientemente su respeto hacia todas las opiniones o publicaciones de los cafeteros asiduos, y por consiguiente, espero y deseo, que a pesar de poder herir alguna sensibilidad el poema de Pessoa que inmediatamente pasaré a transcribir, también goce de su beneplácito y pueda publicarlo. Leyéndolo, se dará cuenta de la censura que sufrió durante tantos años, llegando a ser conocido como el poeta olvidado.





EL GUARDADOR DE REBAÑOS (parte VIII)

En un mediodía de fin de primavera
tuve un sueño como una fotografía.
Vi a Jesucristo bajar a la tierra.

Vino por la cuesta de un monte
hecho otra vez niño,
corriendo y rodando por la hierba
y arrancando flores para tirarlas
y riendo de modo que se oyese de lejos.
Se había escapado del cielo.
Era demasiado nuestro para seguir haciendo
de segunda persona de la trinidad.
En el cielo era todo falso, todo en desacuerdo
con las flores y los árboles y las piedras.

En el cielo tenía que estar siempre serio
y de vez en cuando hacerse otra vez hombre
y subir a la cruz, y estar siempre muriendo
con una corona todo alrededor de espinas
y los pies clavados con un clavo con cabeza,
y hasta con un trapo alrededor de la cintura
como los negros en las ilustraciones.
Ni siquiera lo dejaban tener padre y madre
como los demás niños.
Su padre era dos personas,
un viejo llamado José, que era carpintero,
y que no era su padre;
y el otro padre era una paloma estúpida,
la única paloma fea del mundo
porque no era del mundo ni era paloma.
Y su madre no había amado antes de tenerlo.
No era mujer: era una maleta
en la que él había venido del cielo.
¡Y querían que él, que sólo había nacido de la madre,
y nunca tuviera padre para amar con respeto,
predicase la bondad y la justicia!

Un día que Dios estaba durmiendo
y el Espíritu Santo andaba volando,
él se fue a la caja de los milagros y robó tres.
Con el primero hizo que nadie supiese que se había escapado.
Con el segundo se creó eternamente humano y niño.
Con el tercero creó un Cristo eternamente en la cruz
y lo dejó clavado en la cruz que hay en el cielo
y sirve de modelo a las demás.
Después se escapó hacia el sol
y bajó por el primer rayo que cogió.
Hoy vive en mi aldea conmigo.
Es un hermoso niño risueño y natural.
Se limpia la nariz con el brazo derecho,
chapotea en las charcas de agua,
le gustan las flores, las coge y las olvida.

Les tira piedras a los borricos,
roba la fruta de los pomares
y escapa llorando y gritando de los perros.
Y, porque sabe que a ellas no les gusta
y que a todo el mundo le hace gracia,
corre tras las muchachas
que van en grupo por los caminos
con los cántaros a la cabeza
y les levanta las faldas.

A mí me lo enseñó todo.
Me enseñó a mirar a las cosas.
Me señala todas las cosas que hay en las flores.
Me muestra cómo las piedras son graciosas
cuando uno las tiene en la mano
y las mira despacio.

Me habla muy mal de Dios
dice que él es un viejo estúpido y enfermo,
siempre escupiendo al suelo
y diciendo indecencias.
La Virgen María pasa las tardes de la eternidad haciendo calceta.
Y el Espíritu Santo se rasca con el pico
y se monta en las sillas y las ensucia.
Todo en el cielo es estúpido como la Iglesia Católica.
Me dice que Dios no entiende nada
de las cosas que creó
-si es que él las creó, cosa que dudo-.
Él dice, por ejemplo, que los seres cantan su gloria,
pero los seres no cantan nada.
Si cantaran serían cantores.
Los seres existen y nada más,
y por eso se llaman seres.

Y después, cansado de hablar mal de Dios,
el Niño Jesús se duerme en mis brazos
y yo lo llevo en el regazo a casa.

Él vive conmigo en mi casa, a mitad del otero.
Él es el Eterno Niño, el dios que faltaba.
Él es lo humano que es natural,
él es lo divino que sonríe y que juega.
Y por eso es por lo que sé con toda certeza
que él es el Niño Jesús verdadero.

Y la criatura tan humana que es divina
es ésta mi cotidiana vida de poeta,
y es porque él anda siempre conmigo por lo que soy poeta siempre.
Y por lo que mi más pequeña mirada
me llena de sensación,
y el más pequeño sonido, sea de lo que fuere,
parece hablar conmigo.

El Niño Nuevo que habita en donde vivo
me da una mano a mí
y la otra a todo lo que existe
y así vamos los tres por el camino que hubiere,
saltando y cantando y riendo
y gozando nuestro secreto común
que es el saber por todas partes
que no hay misterio en el mundo
y que todo vale la pena.

El Niño Eterno me acompaña siempre.
La dirección de mi mirada es su dedo apuntando.
Mi oído atento alegremente a todos los sonidos,
son las cosquillas que me hace, jugando, en las orejas.
Nos llevamos tan bien el uno con el otro
en compañía de todo
que nunca pensamos el uno en el otro,
pero vivimos juntos los dos
con un acuerdo íntimo
como la mano derecha y la izquierda.

Al anochecer jugamos a las cinco piedrecitas
en el peldaño de la puerta de casa,
graves como conviene a un dios y a un poeta,
y como si cada piedra
fuese todo un universo
y fuese por eso mismo un gran peligro para ella
dejarla caer al suelo.

Después le cuento historias de las cosas sólo de los hombres
y él sonríe, porque todo es increíble.
Se ríe de los reyes y de los que no son reyes,
y le da pena oír hablar de las guerras,
y de los comercios, y de los navíos
que se quedan en mero humo en el aire de los altos mares.
Porque él sabe que todo eso falta a aquella verdad
que una flor tiene al florecer
y que anda con la luz del sol
variando los montes y los valles
y haciendo doler a los ojos los muros encalados.

Después se duerme y yo lo acuesto.
Lo llevo en brazos adentro de casa
y lo acuesto, desnudándolo lentamente
y como siguiendo un ritual muy limpio
y todo maternal hasta quedarse desnudo.

Él duerme dentro de mi alma
y a veces despierta de noche
y juega con mis sueños.
Vuelve unos patas arriba,
pone unos encima de otros,
y aplaude él solito
sonriéndole a mi sueño.

Cuando yo muera, hijito,
que sea yo la criatura, el más pequeño.
Cógeme tú en brazos
y llévame adentro de tu casa.
Desnuda mi ser cansado y humano,
y acuéstame en tu cama.
Y cuéntame cuentos, si acaso despierto,
para volverme a dormir.
Y dame sueños tuyos para que juegue
hasta que nazca cualquier día
que tú sabes cuál es.

Esta es la historia de mi Niño Jesús.
¿Por qué razón que se entienda
no ha de ser más verdadera
que todo cuanto los filósofos piensan
y todo cuanto las religiones enseñan?


Fernando Pessoa, escrito entre 1911 y 1912.
Publicado en el núm. 4 de la revista Athena, en enero de 1925 con el heterónimo de Alberto Caeiro.



Bien señor Kinezoe, ahí le dejo la entrada, esa entrada que ha esperado eternamente el momento de salir publicada en mi blog, y ahora tiene el honor de hacerlo en el suyo. Cuando a veces pensaba en el orden en que debía publicarla -siempre alternándola, evidentemente, con mi Colette- nunca figuraba como la primera, y también vacilaba si debía publicarla entera o por partes. En un comentario que hice hace varios meses, ya incluí fragmentos de las partes 6 y 7.

Creo que así, mi querido amigo, he colaborado y concursado en su exquisito blog, y lo he hecho con gran estima y muy motivado por el aprecio que le tengo, y no movido por el interés de recibir el premio, y si me lo permite, y abusando de su bondad, le ruego acepte mi renuncia a participar en las votaciones, sin que vea en ello motivo de desprecio.

Reciba un fuerte abrazo de un cafetero que no cafetea.

Fandestéphane.