
En 1965,
Arno Penzias y
Robert Wilson, dos radioastrónomos del
Bell Telephone Laboratories, detectan (sin ser eso lo que buscaban), la
radiación de fondo de microondas, una radiación que baña el Cosmos en todas las direcciones y que se considera clave en la comprobación de la teoría del
Big Bang. Este descubrimiento les valdría el
Premio Nobel de Física en 1978.
Para entender un poco de qué va esto conviene repasar previamente un viejo concepto físico: el
Efecto Doppler. El ejemplo que se pone siempre en estos casos es el de la
sirena de ambulancia. Cuando una ambulancia se acerca hacia nosotros, el frente de ondas sonoras que emite se comprime en nuestra dirección, la frecuencia de estas ondas aumenta y su sonido se hace más agudo. Si la ambulancia se aleja, las ondas sonoras se espacian más, disminuyendo la frecuencia y percibiéndose entonces el sonido con un tono más grave.
El mismo concepto que acabamos de ver con el sonido puede aplicarse también a la luz. Cuando un objeto emisor de luz se
acerca, su luz se desplaza hacia longitudes de onda más cortas (lo que equivale a mayores frecuencias de radiación), desplazándose entonces hacia el
azul. Si el objeto se
aleja, el desplazamiento será hacia longitudes de onda más largas (menores frecuencias de radiación). En este otro caso decimos que su luz se desplaza hacia el
rojo.
Volviendo a la
radiación de fondo de microondas, suponemos que si el Universo comenzó con una gran explosión tuvo que emitir una gran oleada de radiación en todas las direcciones del espacio. Una radiación tan energética como la que provocaría este superestallido primigenio sólo podría venir dada en forma de
rayos X o
rayos gamma, que son los que portan más energía dentro del espectro electromagnético. Pero una radiación tan energética como los
rayos X o los
rayos gamma que haya tenido su origen en un punto tan distante del espacio-tiempo (en este caso somos nosotros los que nos alejamos de la explosión), estará tan desviada hacia el rojo, tan desplazada hacia esas frecuencias, que se nos presentará en realidad como una
débil radiación de microondas en cualquier dirección a la que miremos. Pues bien, fue precisamente esa débil
radiación de fondo de microondas la que descubrieron
Penzias y
Wilson en 1965 cuando trabajaban con su radiotelescopio en Nueva Jersey: el último vestigio del
Big Bang y una de sus pruebas más evidentes.
Servidor reconoce que se emocionó profundamente el día que comprendió el intríngulis y la grandeza de este gran hallazgo. Me encontraba leyendo
este libro, si no mal recuerdo. Libro recomendado por
NTEK, ni que decir tiene.
Hacía tiempo... De hecho, de aquellos días procede esta entrada. Entrada, por cierto, también ligeramente desplazada ya hacia el rojo... La recupero y la suelto, a modo de baliza para navegantes.