Salsas, sopas de sobre, quesos, escabeches, patatas chips y demás saladitos, encurtidos y demás ácidos, y un largo etcétera, son sólo algunos de los alimentos cuyo sabor es potenciado descaradamente por el glutamato monosódico, uno de los mejores aliados de la industria alimentaria en los últimos años.
Si le echáis un vistazo a la lista de ingredientes de esa salsa barbacoa que tanto os gusta, o a esas patatitas del súper cuya bolsa, una vez abierta, es imposible que dejéis a medias, lo encontraréis, o bien camuflado bajo el genérico "potenciadores del sabor", o bien oculto tras la aséptica denominación E621, sin duda, uno de los aditivos estrella.
Los entendidos dicen que siempre ha estado ahí, en los alimentos, de forma natural. Y que es el responsable de ese quinto sabor de nombre tan raro: el umami (los otros cuatro, recordad, son: el ácido, el amargo, el dulce y el salado). También dicen que no tiene nada que ver con el síndrome del restaurante chino... En fin, yo lo único que os puedo decir es que, tras la experiencia que me han dado unos cuantos años de consumo y seguimiento, cada vez detecto más rápido cuando un alimento ha sido condimentado con tan seductor aditivo. En los encurtidos ya me empieza a cansar; no soporto ese regusto metálico que te dejan. Y las patatas chips, cuanto más sencillas y caseras sean, mejor. Antes me iban todas esas que vienen con unos polvillos rojizos que hacen que te mueras de sed, las de sabor jamón eran mis preferidas... ¡Aarggh!, ¡quita, quita!... Pues eso, que mientras que millones de personas aún siguen enganchadas a todo este tipo de productos ─haciéndoles reportar pingües beneficios a todos estos espabilados de la industria alimentaria─, aquí, un servidor, ya lo está dejando. Que lo consiga es otra cosa bien distinta...
Si le echáis un vistazo a la lista de ingredientes de esa salsa barbacoa que tanto os gusta, o a esas patatitas del súper cuya bolsa, una vez abierta, es imposible que dejéis a medias, lo encontraréis, o bien camuflado bajo el genérico "potenciadores del sabor", o bien oculto tras la aséptica denominación E621, sin duda, uno de los aditivos estrella.
Los entendidos dicen que siempre ha estado ahí, en los alimentos, de forma natural. Y que es el responsable de ese quinto sabor de nombre tan raro: el umami (los otros cuatro, recordad, son: el ácido, el amargo, el dulce y el salado). También dicen que no tiene nada que ver con el síndrome del restaurante chino... En fin, yo lo único que os puedo decir es que, tras la experiencia que me han dado unos cuantos años de consumo y seguimiento, cada vez detecto más rápido cuando un alimento ha sido condimentado con tan seductor aditivo. En los encurtidos ya me empieza a cansar; no soporto ese regusto metálico que te dejan. Y las patatas chips, cuanto más sencillas y caseras sean, mejor. Antes me iban todas esas que vienen con unos polvillos rojizos que hacen que te mueras de sed, las de sabor jamón eran mis preferidas... ¡Aarggh!, ¡quita, quita!... Pues eso, que mientras que millones de personas aún siguen enganchadas a todo este tipo de productos ─haciéndoles reportar pingües beneficios a todos estos espabilados de la industria alimentaria─, aquí, un servidor, ya lo está dejando. Que lo consiga es otra cosa bien distinta...
