
Resulta curioso toparse con películas como la de Richard Quine en la puritana sociedad americana de los años sesenta. Sus protagonistas, un Kirk Douglas con el corte de pelo de Espartaco, y una de las espaldas más sensuales del celuloide: la bella Kim Novak. La historia, una relación de adulterio entre ambos y el consiguiente conflicto moral que suele plantearse en estos casos.
La vacuidad de ciertas relaciones matrimoniales, la monotonía en que suele caerse, la paulatina pérdida de interés en el cónyuge, y en definitiva, la falta de atención a la pareja (imperdonable lo del marido de Kim Novak...), son sólo algunas de las causas en las que pone el foco su director. Grandes dosis de romanticismo, milimétrica dirección y toda la elegancia del Hollywood clásico en una película a la que merece la pena echarle un vistazo. Atención a sus últimos veinte minutos. Insuperables.
La vacuidad de ciertas relaciones matrimoniales, la monotonía en que suele caerse, la paulatina pérdida de interés en el cónyuge, y en definitiva, la falta de atención a la pareja (imperdonable lo del marido de Kim Novak...), son sólo algunas de las causas en las que pone el foco su director. Grandes dosis de romanticismo, milimétrica dirección y toda la elegancia del Hollywood clásico en una película a la que merece la pena echarle un vistazo. Atención a sus últimos veinte minutos. Insuperables.